jueves, 2 de septiembre de 2010

Marelle

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca,
voy dibujándola como si saliera del borde de mi mano, como si por
primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos
para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada
vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja
en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad

elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara,
y que por un azar que no busco comprender coincide

exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que
mi mano te dibuja.
Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y
entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más
de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen

y los cíclopes se miran, respirando confundidos,
las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con
los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando
con sus recintos donde un aire pesado va y viene con un
perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan
hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de
tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca
llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia
oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos
ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del
aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva
y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar
contra mí como una luna en el agua.


Julio Cortázar.


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