lunes, 12 de octubre de 2015

NADA QUE FESTEJAR...

| Los españoles decían haber descubierto un nuevo mundo. Pero ese mundo no era nuevo para nosotros. Muchas generaciones habían florecido en estas tierras desde que nuestros antepasados se asentaron. Sabíamos medir el movimiento de los astros, escribir sobre tiras de cuero de venado. Cultivábamos la tierra, vivíamos en grandes asentamientos a la orilla de los lagos, cazábamos, hilábamos, teníamos escuelas y fiestas sagradas.
Nadie puede decir cuál habría sido nuestra historia si tanta tribu no hubiese sido aniquilada. Los españoles decían que debían civilizarnos, hacernos abandonar la barbarie. Pero ellos, con barbarie, nos dominaron, nos despoblaron. En pocos años hicieron más sacrificios humanos que nosotros en el tiempo largo que transcurrió desde las primeras festividades.
Este país era el más poblado. Y, sin embargo, se fue quedando sin hombres; los mandaron en grandes barcos a construir una lejana ciudad que llamaban Lima; los mataron, los perros los despedazaron, los colgaron de los árboles, les cortaron la cabeza, los fusilaron, los bautizaron, prostituyeron a nuestras mujeres.
Nos trajeron un dios extraño que no conocía nuestra historia, nuestros orígenes y quería que lo adoráramos como nosotros no sabíamos hacerlo.
¿Y de todo eso, qué de bueno quedó? Me pregunto.
Los hombres siguen huyendo. Hay gobernantes sanguinarios. Las carnes no dejan de ser desgarradas, se continúa guerreando.
Nuestra herencia de tambores batientes ha de continuar latiendo en la sangre de estas generaciones.
Es lo único de nosotros, Yarince, que permaneció: la resistencia. |

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